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La Coctelera
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Triunfal "Luisa Fernanda" agota localidades. Teatro de las Artes. México.

Triunfal ”LUISA FERNANDA” agotó localidades.

Por Manuel Yrízar.

Sonoros bravos y emocionadas ovaciones de un público generoso y entusiasta cerraron la función de la zarzuela “Luisa Fernanda” de Federico Moreno Torroba presentada la tarde del domingo 13 de julio en el Teatro de las Artes. Así asistimos a la resurrección de un género que como Lázaro Azar se niega a que lo entierren sus maliciosos enemigos. Amigos que peinamos ya una que otra efímera cana acompañados por algunas también numerosas cabecitas blancas y otros que no las tienen aún disfrutamos de esta tardeada en el Teatro de las Artes situado en el elefante blanco “salinista” del Centro de las Artes de difícil acceso interior. Fiesta familiar. Convivio.

Éxito innegable artístico y de público esta historia que destila miel y grata cursilería deleita a aquellos que prefieren pasar una velada de placer audiovisual hartos de noticias mortales. Muchos que querían entrar no lo lograron pues ya no encontraron boletos como le sucedió a la querida Ingrid Haas que iba con sus papás. Y así muchos desprevenidos que no tuvieron el tino de comprar sus entradas con la debida anticipación. Pero quedan todavía cuatro funciones más.

Con una producción que mucho recuerda al ídolo de nuestra infancia Enrique Alonso “Cachirulo” que hizo escuela en este género como en el infantil “Teatro Fantástico” de escenografía funcional de anticuado encanto pobre pero bonita. Esos trastos deliciosos que nos llevaban a “ese apacible rincón de Madrid” o a “las dehesas o los encinares”.

Preferibles esas reminiscencias encantadoras a las aparatosas de quienes pretendieron darnos gato por liebre como en el espantoso “Eugene Onegin” de Tchaikovsky.

Aquí nadie pretende engañarnos sino todo lo contrario. Hay frescura y espontaneidad, cariño verdad, para seguir a tono.

Y a esa verdad sin tapujos ni falsas intenciones acude un público que no olvida y otro que quiere conocer sobre ese genero español entrañable con el que el genio de esa tierra contribuyó a enriquecer el teatro musical todo él hijo de la ópera. No por “chico” menor. Los elementos de una historia sencilla en apariencia de amores almibarados y revueltas antimonárquicas, de ambiciones arribistas y nostálgicas pasiones, dotan de un aura sutil por el encanto de la música ligera y hermosa, personajes verosímiles y entrañables, un tanto caricaturescos quizás pero queribles por esas mismas razones. La belleza de la partitura, obra maestra de aparente simplicidad, requiere de un elenco que nos haga no solo creer sino vivir el romance del Luisa Fernanda y sus dos contrarios y en el fondo igualmente románticos personajes: Javier y Vidal. Triángulo apasionado y pasional como tantos hemos sabido. Luisa Fernanda tiene que preguntar a su corazón.

Los cantantes elegidos para estas funciones son los mejores.

Jóvenes veteranos de esa generación que hemos llamado de los 80s pues en esos años iniciaron sus carreras la mayoría de los artistas que aquí participan y que contribuyen al éxito logrado. Amorosos y entregados el aplauso es gratitud merecida. La dirección musical y artística así como la puesta en escena destila y destella entusiasmo y amor apasionado.

Encarnación Vázquez lleva el rol protagónico con gallardía ejemplar. Su Luisa Fernanda es una mujer enamorada de enorme fortaleza que se debate entre esos sentimientos contrarios de amores tormentosos. Vocalmente dota a Luisa de una cálida tesitura de mezzo sobrada y rica, matizada y adornada, cuidando los matices y las inflexiones, destacando en los duetos con sus pretensos. Enamorarse de una mujer así, seria, guapa y salerosa, conservadora y ejemplar, se entiende. Su romanza final “Cállate corazón...” queda allí.

Javier Moreno es interpretado por el tenor José Luis Ordóñez poseedor de una voz bella y poderosa, que ira matizando y enriqueciendo con esas sutilezas que se aprenden con las tablas zarzueleras difíciles precisamente por ellas. El soldado ambicioso y pendenciero, macho y mujeriego, lograra, a pesar de todas esas virtudes o quizás por ellas, llevarse a la pretendida. Un poco tiesón como coronelazo al principio se va aligerando y ganando su personaje en el transcurso de la obra. La Duquesa de Lourdes Ambríz es la de una aristócrata del canto y la actuación. Belleza y prestancia, donaire y gallardía, agilidad mental y riqueza de recursos histriónicos. Y por si fuera poco se pone a bailar “a la usanza granadina” que es un primor. “Yo señora, doy cincuenta”. Yo daría cien. Este papel lo alterna con otra mujer prodigiosa: Conchita Julián.

Aparte hemos dejado un lugar privilegiado para quien recibe la ovación más estruendosa de la función: Jorge Lagunes quien da vida, piel, entrañas, pasión y fuerza, a un Vidal Hernando que si no conquista a su “morena clara” sí lo hace con el público que sale conmovido con su personaje. Lagunes nació en esa cepa zarzuelera y es el segundo con ese nombre que lleva en alto toda una tradición de tercera generación. Su Vidal conmueve a una jovencita en edad de merecer como mi sobrina Jana lo mismo que a mi mamá que vio cantar el extremeño a Placido Domingo, padre del segundo del mismo nombre. Una creación hace este barítono a quien no nos cansamos de elogiar la belleza tímbrica de su instrumento, oscuro y varonil, en gola al estilo clásico antiguo.

Todos los comprimarios, partiquinos, comparsas, el coro juvenil y bisoño, primerizo pero entregado y entusiasta, la orquesta tambien joven, como los “Juniors” debutantes en papelitos Jorge Lagunes III, León Felipe Tapia Vázquez y Leopoldo Falcón Castrejón, todos hijos pintos de tigres reales, contribuyen a enriquecer la cálida función. ¡Bravos¡

Un párrafo final elogioso en extremo a quienes llevaron a buen puerto esta temporada. Sobre sus hombros cayó la responsabilidad y cumplieron con excelencia su papel.

Leopoldo Falcón, zarzuelero primero de México, cuyo amor es tan grande como su trabajo y su entusiasmo desbordado. La producción y la dirección, además de cantar y dar vida al muy locuaz y tremendo Anibal, no hubiera sido posible sín este maravilloso resucitador de lázaros que como aquellos personajes de Zorrila “los muertos que vos matáis gozan de cabal salud.” Y en la orquesta y concertación del espectáculo el maestro Mario Rodríguez Taboada logra que la acción dramatica corra libre de baches y la música suene bien.

Dignos de aplauso estos esfuerzos de un equipo de trabajo dotado de virtudes que quisiéramos otros aprendieran y pusieran en práctica. Pero sería casi tanto como pedirles“Peras al olmo” o “Luces a Vela”. “Nadie esta obligado a lo imposible. ..”reza la máxima jurídica. Felicidades a todos.

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De la que se salvó Ramón..."Eugene Oneguin" en el Blanquito.

De la que se salvó Ramón...”Eugene Onegin” en el Blanquito.

Por Manuel Yrízar.

Ahora sí les falló feo.

La pretenciosa puesta en escena de la ópera de San Francisco con “nuestro gran tenor internacional Ramón Vargas” encabezando un gran elenco también internacional que nos llevaría de regreso a la gloria de antaño, ay, tan añorada, como el presuntuoso Pepe Areán, Superintendente de la Inexistente y No obstante Divina Compañía Nacional de Ópera de “Bellas Artes” terminó en parchado traje de Arlequín. Ni vino Ramón ni llegó la gringa Producción. Lo que el sufrido pero siempre entusiasta público de villamelones que no alcanzamos a llenar la sala a pesar de que nos regalan a algunos críticos, cronistas y anexos los preciados boletos.

La legislación, (Dura lex sed lex), a pesar de tanto leguleyo en Conaculta, no pudo ser salvada por los organizadores del evento y la tan cacareada Producción de la ópera de San Francisco jamás pisó suelo mexicano. Para sacar el buey de la barranca Horacio Almada y Mauricio Trápaga quienes firman al alimón el “Diseño de escenografía y vestuario, iluminación” fueron comisionados por el mentado Superintendente Pepito Areán a buscar en Ticomán algunos trastos y trapos que permitieran lograr la hazaña de que el mentado vacuno saliera lo menos magullado posible del hondo pozo, sima profunda, donde se halla desde tiempos remotos el animalito. No pudieron.

La Imperial y Decadente Sociedad de la Zarista y muy Ortodoxa y muy Católica Rusia Decimonónica devino en tarima circular inclinada y cámara negra. Ahora ni proyector.

Unos girasoles de papel simularon el jardín de la casa de campo de las Larina, la habitación de Tatiana, los salones de baile de la misma casa de los Larina y la del Príncipe Gremin,

y el gélido lugar donde Onegin mata a su amigo Lensky. Si el recuerdo no es infiel esa tarima circular fue la misma que se uso en un “Orfeo y Eurídice” de la era Falcó. Algunos muebles aquí y allá, del más puro estilo “Art Nacó”, completaron el fausto. El vestuario si fue espectacular. Echaron la casa por la ventana. Todo el que tenían salio a relucir en los siete cuadros de que consta la ópera del ruso Piotr Ilich Tchaikovsky. Era una delicia reconocer todos y cada uno de los vestidos que ya hemos visto hasta la saciedad en títulos tales como “La traviata”; “La Boheme”; “El elixir de amor”; “Lucía de Lammermoor”; “Carmen”; y algún otro que encontraron por allí parchados con girasoles muy rusos para que dieran el “gatazo”. No lo dieron.

Era tanta la pobreza exhibida que hasta las puertas y el candelero grandote del palacio de Gremin semejaban y me recordaban el Teatro esperanza Iris a donde asistía en los 70s a ver el “Burlesque” con Lyn May y la Princesa Lea bañándose en su copota de champán. Las alfombras roídas y la pasarela de un teatro donde asomaban las ratas bigotonas mientras estas ingenuas encueratrices de esos años adolescentes y juveniles hacían volar nuestra imaginación.

Que eso, IMAGINACIÓN, fue lo que les falto a los responsables del bodrio lastimoso que vimos este domingo.

Los cantantes y la música de Tchaikovsky lograron en algunos momentos entretener al respetable.

Jorge Lagunes es poseedor de una de las más bellas voces de timbre baritonal que tenemos. Su Eugene Onegin, que cantó por primera vez, le va bien. Ya lo madurará.

Arturo Chacón, novato tenor de timbre todavía lírico ligero, salio sin pena ni gloria, del compromiso de suplir al ya veterano Vargas, a quien ya le oímos ese Lensky en Florencia. Debe seguir superándose Chacón vocal e histriónicamente pues verde es el color de la esperanza.

La soprano armenia Karine Babajanian canto una Tatiana carente de la personalidad que requiere el adorable personaje. No evoluciona jamás de la tímida romántica del acto primero a la aristocrática Princesa del final. Monótona.

Guadalupe Paz tiene bonita voz de mezzo y su Olga no le presenta ninguna gran dificultad. Los partiquinos, mal vestidos y peor dirigidos, pasan en el limbo, sin brillar jamás,

en la ridícula puesta. Jamás dan los personajes.

Del balletito infame y del coro nos abstenemos de hablar. Luego nos acusan de perros rabiosos e injustos. Nada nos gusta.

La batuta de Ivan Anguélov poco pudo lograr con una partitura tan rica y variada. Se dedico a acompañar el caos.

Pareciera ya ser marca de fábrica la mediocridad soslayada.

Solo sería interesante donde quedaron los 4 millones de “pancholares” que les costó la tintorería de las garras presentadas. El Superintendente y locutor tiene la palabra.

La rendición de cuentas es necesaria.

México D.F. a lunes 26 de mayo de 2006.

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Catherine Malfitano conmueve en "Jenufa" de Janacek.

Catherine Malfitano se hace odiar y conmueve en “JENUFA”.

Ópera de Leos Janacek presentada en Bellas Artes, México.

Por Manuel Yrízar.

La estruendosa ovación y la lluvia de flores con que fue recibida la soprano neoyorkina Catherine Malfitano al concluir la representación de “JENUFA” de Janacek se recordará por espontanea y feliz conclusión de alguien a quien odiamos pero ovacionamos. Contradicciones de la vida y el teatro musical. Kostelnicka o LA SACRISTANA viuda debería llamarse la ópera cuando la canta una artista excepcional.

Convencional y pobre, en el buen sentido de la miseria exhibida, tres palos tembeleques y tambaleantes, otros cuatro costales arrumbados a diestra y siniestra, y la ya baratona e imprescindible proyección atrás, esta ópera checa llega al teatro de Bellas artes con el rezago y el retraso que acostumbramos en nuestra paupérrima vida lírica nacional.

Pero ópera hubo pues hubo música y drama. Un elenco mezcladito de cantantes extranjeros en los roles protagónicos acompañados por eficientes partiquinos mexicanos cumplidores. El coro y la orquesta siguió la batuta de Jan Chalupecky en el nivel medio a que nos tiene mal acostumbrados sin tantas pifias lo que ya es de agradecérsele. La escena de Juliana Faesler cumple con corrección académica el tránsito de actores y comparsas.

Helena Kaupova cumple con el protagónico de una Jenufa siempre entristecida. Ales Briscein nos brinda un siempre acobardado y apocado Steva Buryja. Gianluca Zampieri da vida y presencia al acomplejado Laca Klemen siempre quejumbroso y lloricón. Ambos enamorados de la infeliz Jenufa son incapaces de brindarle el amor que pretende y merece. Las mexicanas Belem Rodriguez y Carla Madrid tienen a su cargo y voz a la abuela Buryja y a Jano, niño pastor quien junto a Armando Gama que canta el capataz son quienes tienen los papeles secundarios más importantes.

Todos los demás personajes dicen su par de líneas con aplomo: Arturo López, Eloisa Jurado, Irasema Terazas, Emma Melik, Eleonora Sancho, Araceli Hernández y Miguel Hernández Bautista. Mejor que otras veces el coro bailador.

Pero quien indiscutiblemente llena el escenario y sube un 100% el nivel alcanzado es la grande actriz-cantante Catherine Malfitano quien triunfa arrolladoramente creando un personaje siniestro y tierno, repugnante y eléctrico, contradictorio y fuerte, avasallador, la madrastra Kostelnicka.

Malfitano, nos comentaba un maestro de ópera en los intermedios, es de esa línea de las actrices creativas cantantes que con su sola presencia llenan ellas solas el escenario: Callas, off course, Stratas, Malfitano. ¿Cuál otra?

Apoderarse de un personaje y hacerlo vivo, dotarlo de carne y pasión, sentimiento, energía, verdad, solo lo logran esos grandes. Dotados del don del talento teatral transmiten algo que llega directo y no se olvida. Convertir una historia bastante convencional y melodramática, cursi tal vez para nuestros tiempos posmodernos, en un drama conmovedor no es cosa fácil. Catherine Malfitano logra el milagro. Sublima.

La historia de la mujer engañada y preñada, abandonada y despreciada, llena de los prejuicios de sus tiempos aldeanos,
cobra una nueva dimención cuando aparece la viuda del sacristán. Enlutada y solemne, brutal pero respetada por su invulnerable virtud cristiana, ostentosa del crucifijo y el rosario colgantes y visibles, esta mujer siniestra simboliza la maldad disfrazada de bondad. Sus prejuicios enormes la llevan al peor de los crímenes: el infanticidio. Cuando atraviesa el umbral de la puerta con la recién nacida criatura en los brazos se persigna para que el Altísimo bendiga su crimen. Es este el clímax brutal. Pero ya antes y la habíamos visto desafiar todas las iras y condenar al que nunca será su yerno y a su hijastra. Por borracho. No es digno de casarse.Ya la vimos esconder a la parturienta. Drogarla. Robarle al hijo. Suplicar piedad fingida al padre del niño que le teme por bruja. Manipular al antiguo enamorado para casarlo con Jenufa. La sacristana se hace odiar. Tambaleante la vemos rodar bajo la mesa en desesperación epiléptica y trágica.

Al final, conmovedor y contradictorio, la madrastra confiesa su crimen. No puede soportar los remordimientos que le traen el descubrimiento del delito. El cadáver congelado del bebe asesinado ha aparecido en el río. Kostelnicka Burijovka se desmorona. La feroz sacristana se derrumba. Confiesa que es ella quien consumó el crimen horrendo. Convertida en una mujer sufriente sufriente y arrepentida confiesa:” No amé a nadie más nunca que a mí misma.” Soberbia actuación.

Catherine Malfitano logra con este personaje entrañable, aborrecible y conmovedor por demasiado humano, un triunfo más a los que, en sus 70 papeles de todos los tipos, ha brindado al mundo de la ópera universal. Un privilegio fue haberla visto y escuchado. Con tristeza nos enteramos que la función no fue grabada por la televisión. Si usted la vio grabé en su memoria lo que contempló. Nada quedo como testimonio. Parece que quieren también matar la memoria.

México –Tenochtitlan, domingo 27 de abril de 2008.

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RENÉE FLEMING EN BELLAS ARTES*México 2008*

RENÉE FLEMING EN BELLAS ARTES.
Por Manuel Yrízar.

La noche del jueves 28 de marzo del 2008 fijó la fecha del debut de la Fleming.
Cuando hablamos solo del apellido de un(a) cantante por supuesto damos por hecho que nos referimos a un famoso, a un consagrado. Por angas o por mangas la afluencia del público al teatro para presenciar a estas “figuras” que tantas expectativas despiertan por la popularidad que los precede augura llenos seguros.
Y ayer por la noche no fue la excepción. Ambiente festivo se sentía desde el arribo. A los habituales que asisten a la ópera, fauna familiar y harto conocida, se unieron los que el eco del nombre de la soprano hizo volver al teatro olvidado. No faltaron los saludos y los abrazos con los aficionados que afectuosos reconocen a quien hace ya algunos ayeres no saludábamos. Apapachos, palmadas y besitos.

Ya dentro del teatro la expectación se manifiesta en el ambiente calientito y feliz.
Esa atmósfera especial, esa energía que despiertan todas las energías reunidas deseantes y anhelantes de que el rito de comienzo. Una Diva siempre trae consigo un aura luminosa que ilumina a los mortales desde antes que se digne a bajar.
Nos extraña un poco el atuendo poco formal de un señor un poco o mucho pasado de peso que aparece sobre el escenario donde ya la orquesta con zapatos boleados acaba de afinar sus instrumentos. Pensamos que tal vez sea algun discursante que nos atosigará con el consabido rollo pero nos equivocamos: es el director Constantine Orbelian, huésped de la Orquesta del teatro de bellas artes. Con agilidad no obstante su gruesa figura sube de un brinco al podio para empezar el concierto. La Obertura de NABUCCO de Verdi suena desangeladona, cuerdas corrientitas, un solo de madera bastante feo, ese que canta el famoso coro, suena a banda popular verdiana de Busetto. Leída y despachada rápido.

A nadie le extraña ni le interesa mucho el tan sobado NABUCCO pues el respetable público viene a oír cantar a Renée Fleming. A eso venimos todos.
La pausa que antecede su entrada es teatral. Así tiene que entrar una Diva de ópera. Dándose a desear. Preparando la seducción. Enamorando. Seduciendo.
ya desde antes de aparecer. Las estrellas que aparecen en el cielo oscuro brillan más. La ovación que recibe la soprano es calurosa. Bien empieza el asunto.

Lo primero que canta son dos arias de I VESPRI SICILIANI de Verdi “Arrigo¡ Ah parli a un core...” y “Mercé, diletti amiche...” el famoso Bolero. Ya desde aquí Fleming muestra un refinamiento en la emisión, un “fiato” amplio, largo y concentrado, manejo sobrio de la voz que no nos parece en este registro tan bella.
De correcta interpretación nos deja oír ya algunas de la virtudes y defectos que caracterizan su nombre.

El preludio al tercer acto de LOHENGRÍN de Wagner es despachado con más pena que gloria. Correteado el tiempo, machacóna la batuta, aseptico y sin matiz ninguno, “fellollón” (Alcaráz dixit) la música termina como mero ejercicio de rutina. Sín pifias por fortuna los metales.
Vuelve a aparecer la Mujer Dorada. Renée canta al autor que es en esta etapa de su carrera a quien mas atención está poniendo: Richard Strauss. “Freundiliche Visión” Op.48,núm.1, “Winterweihe” op.48, núm.4 y “Zueignung” Op.10, núm.1.
En estas canciones podemos constatar que la voz de Renée Fleming es la de una soprano lírica ligera, delgada y bien enfocada, manejada con una escuela y una técnica rigurosa y perfectamente adecuada y controlada. No es un instrumento de grandes alcances. potencia y volumen medio. Facilidad en el control del aire. Emisión bien enfocada que “corre” por toda la sala y que se escucha en todos sus registros con facilidad. Sin estridencias. Dominio. Y, tal vez, cierta frialdad sajona.

La orquesta vuelve al nivel a que nos tiene acostumbrados. Ya más relajados brindan una versión dispareja, somnífera, adormecedora, de la música de ballet de FAUSTO de Gounod, casi siempre suprimida en las últimas que hemos presenciado. El Adagio, Allegreto/”danza antigua” terminan como relleno. Nada más.
Ya sale Fleming para concluir esta primera parte. De Antonin Dvorak deleita, ahora sí, al público, con la belísima aria de la ópera “RUSALKA”. Si antes nos había brindado un canto correcto y bien matizado pero algo gélido, en esta interpretación prende por primera vez al público de la sala. Bella interpretación.
El público se calentó. La ovación puesta de pie, muy teatral, lo ratifica.

En el intermedio la tertulia y el beneplácito es general. Algunos amigos comentan y preguntan que nos ha parecido, como es la voz, que opinamos. Buen ambiente.

Ya regresa el no siempre respetable a sus butacas.
El concierto debe seguir. La música tiene que sonar.

La orquesta interpreta La muy famosa “Meditación” de la “THAIS” de Jules Massenet. Y suena bien. El solo de violín maravilloso encuentra en el concertino ruso Vladimir Tokarev Ivanovich a un intérprete ideal y dotado esta noche del estado de gracia del artista inspirado. El sonido de su vilín solista contagia a sus compañeros de calvario en el mismo dolor redentor. La ovación es estruendosa. El músico es obligado a ponerse de pie para recibir una calurosa ovación.

Ya el público se ha emocionado.
Y eso se nota en el calor humano.
Sín, por fortuna, ruidoso y maloliente, aire acondicionado.

Renée Fleming sale con otro vestido que también sube la temperatura. Rojo de matiz suavizado pero sensual y vigoroso. Muy guapa luce la mujer cantora. agradecidos los mortales: señoras y señoritas, damas y caballeros: ECHO LA DIVA. En el repertorio francés se siente bien. “L’ amour est une vertu rare...” y
“Dis-moi que je suis belle...”. Y y canta la verdad. Es bella. Se lo decimos todos.

De Aram Khachaturian la orquesta, ya más animada, tocan bien el Vals Mascarada. A secas. Con pifias chicas. que no vale la pena consignar.

Cuando se escucha el tema del aria de “GIANNI SCHICCHI” de Puccini suena un suspiro al unísono en toda la sala. Casi de emoción orgásmica. Erotiquísimo.
Y es que hasta el villamelón más consumado no puede dejar de sentir bonito, de extremecerse con gran frenesí, con la gustada aria “O mio babbino caro...” o, en traducción libre, (extrañamos a Francisco Méndez-Padilla) “Oh papacito chulo...”.
Y la verdad sea dicha. La canta bien la Fleming. Incluido un regulador ( artilugio o coloratura que consiste en atacar la nota en piano, irla creciendo hasta el fuerte y de allí volver a disminuir al piano) y finaliando con una nota en “pianissimo” que no obstante resonó en la sala. ¡Gusta al villamelón¡-comentamos al compañero de junto-¡A TODOS¡. respondió rotundo. Tiene razón. Con este numerito acabó la cantante de echarse al público, en el buen sentido del término, a la bolsa.

Siguiendo en la línea pucciniana escuchamos la muy gustada aria de la “TOSCA”
“Vissi d’arte” en la versión para una soprano lírica ligera.

De Dmitri Shostakovich oímos “Tahiti Trot, Op.16, “Té para dos” divertida y sutil.

Y allí, para mí lo mejor de la noche.
De la ópera “PORGY AND BESS” de su paisano George Gershwin esa melodia bellísima llena de profunda melancolía negra: “SummerTime”.
Aquí la Diva alcanzó el nivel de la Divinidad. Dios mismo se asomo y aplaudió.

Y muy buena su interpretación de “I Could Have danced All night” de la ópera
(ya se que la llaman también “Comedia Musical” los puristas ortodoxos” fijados)
“MY FAIR LADY” (Mi bella dama) de Lerner y Loewe. Una bella cantó la bella.
Ya hasta alturas solo la disfrutamos. nos olvidamos ya, conquistados, de toda ortodoxia, de, diría algún retórico cursi y pedante, de cualquier banalidad.

Todavía brindo algunas propinas.
Y finalizó la velada con el “Papacito adorado”.
Adorada Renée Fleming.

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"Tosca"*Puccini*Bellas Artes*México.

“¡Tosca finalmente mía... ¡” Por Manuel Yrízar.

Palacio de Bellas Artes. México.

Función del martes 27 de febrero de 2008.

Sorteando todos los obstáculos burocráticos y la pésima organización de un teatro otrora ejemplar que aparecía en el mapa internacional de la ópera, la producción del “FESTIVAL DE SAN LUIS POTOSÍ”, cuyo crédito ningunearon los funcionarios
disfuncionales de la mal llamada Compañía Nacional de Ópera, y que vimos tirados por el suelo- pues ni para engraparlos tuvieron tiempo en los programas de mano que les regalo PRO ÓPERA- se presentó la “TOSCA” de Puccini anoche.

Quizás sea este título del compositor que este año celebramos-el último operista tal vez de la vieja escuela italiana de tradición “belcantista” y romántica-el que mayor número de veces hemos presenciado en nuestra vida farandulesca. Estrenada en México en el Teatro Arbeu un año después del mundial en Roma en 1900, este título ha gozado siempre del favor del público aficionado por más de cien años. Y hay muchas razones para ello. La conmovedora historia sigue viva.

Más que la petulancia y pretensión de saludos con sombrero ajeno esta obra requiere de los tres ingredientes que anunciaban al detergente FAB en nuestra niñez: remoje, exprima y tienda. O sea talento musical, teatral y vocal.

Un músico experimentado, concertador eficiente, dotado en este terreno desde que lo conocimos como asesor musical en las grabaciones para televisión hace 28 años, y ahora maduro y colmilludo director concertador de ópera, Enrique Patrón, conoce esta obra de memoria. La puesta en escena y concepto original estuvo bajo la atenta mirada y el talento de un hombre de teatro y ópera que creció en estos menesteres y que sabe trabajar el género cada vez con más disciplina y rigor, Cesar Piña. En esa idea del CONCEPTO quisiéramos abundar más adelante. Y los cantantes que son aquellos cuyo trabajo es insustituible pues ya sabemos que es el ingrediente principal, como querían Rossini, Verdi y otros “Voz, Voz y Voz”.Y aquí el trío que estuvo arriba del escenario, Romankov-De la Mora-Sulvarán son jóvenes veteranos que aúnan a sus instrumentos experiencia, pasión y cariño.

Que bueno que se especifique en el programa que Cesar Piña trabajó en la “Puesta en escena y concepto original”. Eso el CONCEPTO es lo que nunca puede faltar. Idea que concibe o forma el entendimiento. CONCEPTO así definido.Sinónimo de IDEA. Trabajar sobre esa idea es delimitar, definir, concretar. Aún la idea aparentemente más descabellada debe estar sustentada en bases firmes que la sostengan. Construir sobre cimientos sólidos como mandan los clásicos y el evangelio. Aun si se tambaleara no se caerá. Se sostendrá por sí misma. Y, sin lugar a dudas, Piña la tiene muy clara. Y la ha ido perfeccionando, puliéndola, amarrando todos los hilos del tinglado. Dirigir ópera es una especialidad. No es teatro pero lo es también ni es música nada más pero siempre es música. El híbrido operático tiene sus propias reglas. Obra de arte integral que las conjuga a todas como pretenciosamente quería Wagner que fuera el drama musical. La ópera tiene su propio lenguaje, su “Tempo”, su ritmo. La obra ya esta escrita y probada. Trae sello de garantía. Miles de veces se ha puesto y apostado. La historia se ha contado ya tanto. Pero tiene que volver a contarse una vez más.

Aprovechando la escenografía del arquitecto Legorreta, quien por primera vez incursiona en este mundo de la ópera, Piña maneja a los personajes del drama como si de marionetas se tratara. La mano del destino puso a los personajes en ese cascarón abstracto, en esa cúpula o huevo original y primario, para que amaran, desearan, mataran y murieran. Para eso están allí. La amante celosa.

El pintor enamorado y revolucionario. El policía venal y corrupto. Los esbirros serviles y serviciales. El pueblo que ora y llora. Hombre de teatro riguroso pero además titiritero sabio maneja a sus personajes como arquetipos estereotipados. Verdaderos cuadros plásticos se van formando en la escena. Me subyugaron dos escenas en particular. La de los esbirros que con lentitud contemplan las acciones y los soldados tragicómicos que llegan, fusilan y se van, marchando como marionetas. Y una multiplicidad de detalles de inteligente finura. Hubo concepto.

Sabemos que en un teatro atiborrado que sirve lo mismo para un corrido que para un regado los “cómicos de la legua”, que ya han presentado esta puesta en San Luis Potosí, donde la vimos en su estreno el año pasado, seguirán con otras funciones y que continuará la gira por otros lugares de los estados. Felicitaciones a todo el elenco. Particularmente a la Directora general del Festival de san Luis Potosí, la trabajadora y guapa María González.

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Verdi* REQUIEM* Teatro de Bellas Artes*México 2008*

La
“Messa da Réquiem” (Misa de difuntos) de Verdi.

Teatro
de Bellas Artes. Jueves 7 de febrero de 2008.


Manuel Yrízar.

Por más esfuerzos
que hacía y más brincos que pegaba el concertador italiano, fina persona y
tenaz músico, Guido María Guida, al frente de los solistas, coro y orquesta del
teatro del palacio de bellas artes de la ciudad de México, el resultado no paso
de lo rutinario e irregular que ya se viene convirtiendo en marca de fábrica de
la no nata e inexistente “Compañía Nacional de Ópera”.

Coro y orquesta
mostraron sus deficiencias, falta de ensayos y preparación adecuada. Con dos
repeticiones en condiciones adversas los milagros son imposibles. Desencanchados
y fríos como futbolistas que regresan a jugar un partido luego de largas
vacaciones y sin entrenar los cantantes del coro y los maestros de la orquesta
pifiaron. Su desempeño dejo muchísimo que desear.

A pesar de que el
director Guida pretendía llevar el control sus esfuerzos fueron en vano. Desde
que trató de empezar en “pianissimo” el Réquiem con las cuerdas fue imposible.
Desafinados y disparejos el efecto de ir de un sonido suave y prístino que debe
escucharse como un susurro lejano el resultado fue algo inaudible próximo al
arrullo de una madre a quien le fue negada toda musicalidad y que aun cariñosa
no puede suplir con cariño la irregularidad de su ataque y emisión. Lo mismo
pretendió Guido con el coro con resultados desastrosos.

Ya desde entonces
temimos lo que pasó. El inicio de temporada sería de bostezo.

Salvo algunos
detalles que destacaron el concierto transcurrió con más pena que gloria. Bien
y sobrado Rosendo Flores, bajo de nivel internacional, cantó su parte con calor
y emoción. Grace Echauri empezó muy bien con desparpajo y seguridad en su ya
más madura cuerda de mezzo pero fue perdiendo aire conforme transcurría la
obra. El tenor Diego Torre posee un buen instrumento que ira madurando en
cuanto vaya cantando más. La experiencia lo hará crecer. La soprano italiana
Francesca Scaini empezó bien y termino mal. Para su falta de fortuna en el
“Libera me”, donde tiene su parte más lucidora, entró mal. Quebró la nota,
intento resarcirse con el siguiente ataque, volvió a quebrarse, y desde allí
perdió el control. Su voz perdió belleza y se convirtió en tres voces
diferentes en sus registros. Supimos que mucho se lamentaba la cantante de esos
desatinos.

Ya dijimos que el
coro se oyó mal. Los tenores disparejos, de voces delgadas, no hacían honor a
la fama que tiene esa voz en el mundo de la ópera. Parecía que habían tirado la
flauta y el aire en el camino. De carrizo parecía. Los bajos tampoco cantaron
bien las rancheras. Menos destemplados que los varones agudos también les falto
cuerpo y afinación. Menos mal estuvieron las damas en sus cuerdas agudas y
graves. Sopranos y altos solo cumplieron. No fue suficiente.

La orquesta fue
otro cantar. Más bien otro sonar. Feo se escucharon. Muy feo.

Lo peor fue ese
chirriar horripilante de los violoncelos que se pusieron de acuerdo en tocar
cada quien peor y por su lado o esos alientos, maderas y metales, que sonaban a
banda de pueblo pretencioso. Mucho tendrá que trabajar quien sea nombrado
titular de la ahora descabezada y querida orquesta. Trabajar. Mucho.

No nos quedaron
ganas de repetir la hazaña y de volver hoy a la segunda función de las dos que
con extrema pobreza se programaron. Anhelaríamos que hoy mejoraran las huestes
de Bellas Artes. Que hicieran honor al nombre que llevan.

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Messa da Requiem de Verdi. Bellas Artes. México 2008.

La “Messa
da Réquiem” (Misa de difuntos) de Verdi.

Teatro de
Bellas Artes. Jueves 7 de febrero de 2008.


Manuel Yrízar.


Por más esfuerzos que hacía
y más brincos que pegaba el concertador italiano, fina persona y tenaz músico,
Guido María Guida, al frente de los solistas, coro y orquesta del teatro del
palacio de bellas artes de la ciudad de México, el resultado no paso de lo
rutinario e irregular que ya se viene convirtiendo en marca de fábrica de la no
nata e inexistente “Compañía Nacional de Ópera”.

Coro y orquesta mostraron
sus deficiencias, falta de ensayos y preparación adecuada. Con dos repeticiones
en condiciones adversas los milagros son imposibles. Desencanchados y fríos
como futbolistas que regresan a jugar un partido luego de largas vacaciones y
sin entrenar los cantantes del coro y los maestros de la orquesta pifiaron. Su
desempeño dejo muchísimo que desear.

A pesar de que el director Guida
pretendía llevar el control sus esfuerzos fueron en vano. Desde que trató de
empezar en “pianissimo” el Réquiem con las cuerdas fue imposible. Desafinados y
disparejos el efecto de ir de un sonido suave y prístino que debe escucharse
como un susurro lejano el resultado fue algo inaudible próximo al arrullo de
una madre a quien le fue negada toda musicalidad y que aun cariñosa no puede
suplir con cariño la irregularidad de su ataque y emisión. Lo mismo pretendió
Guido con el coro con resultados desastrosos.

Ya desde entonces temimos lo
que pasó. El inicio de temporada sería de bostezo.

Salvo algunos detalles que
destacaron el concierto transcurrió con más pena que gloria. Bien y sobrado
Rosendo Flores, bajo de nivel internacional, cantó su parte con calor y
emoción. Grace Echauri empezó muy bien con desparpajo y seguridad en su ya más
madura cuerda de mezzo pero fue perdiendo aire conforme transcurría la obra. El
tenor Diego Torre posee un buen instrumento que ira madurando en cuanto vaya
cantando más. La experiencia lo hará crecer. La soprano italiana Francesca
Scaini empezó bien y termino mal. Para su falta de fortuna en el “Libera me”,
donde tiene su parte más lucidora, entró mal. Quebró la nota, intento
resarcirse con el siguiente ataque, volvió a quebrarse, y desde allí perdió el
control. Su voz perdió belleza y se convirtió en tres voces diferentes en sus
registros. Supimos que mucho se lamentaba la cantante de esos desatinos.

Ya dijimos que el coro se
oyó mal. Los tenores disparejos, de voces delgadas, no hacían honor a la fama
que tiene esa voz en el mundo de la ópera. Parecía que habían tirado la flauta
y el aire en el camino. De carrizo parecía. Los bajos tampoco cantaron bien las
rancheras. Menos destemplados que los varones agudos también les falto cuerpo y
afinación. Menos mal estuvieron las damas en sus cuerdas agudas y graves.
Sopranos y altos solo cumplieron. No fue suficiente.

La orquesta fue otro cantar.
Más bien otro sonar. Feo se escucharon. Muy feo.

Lo peor fue ese chirriar horripilante
de los violoncelos que se pusieron de acuerdo en tocar cada quien peor y por su
lado o esos alientos, maderas y metales, que sonaban a banda de pueblo
pretencioso. Mucho tendrá que trabajar quien sea nombrado titular de la ahora
descabezada y querida orquesta. Trabajar. Mucho.

No nos quedaron ganas de
repetir la hazaña y de volver hoy a la segunda función de las dos que con
extrema pobreza se programaron. Anhelaríamos que hoy mejoraran las huestes de
Bellas Artes. Que hicieran honor al nombre que llevan.

3

Edmundo Arreguín. Mago de la luz.


Edmundo Arreguín: mago de la luz

Manuel
Yrízar

15Dic.06

Opinión. Para el maestro Mundo no había problema
irresoluble. Conocía de memoria todos y cada uno de los secretos de la
iluminación teatral

La mañana del 14 de diciembre encuentro en la penúltima
página del periódico la esquela de la muerte del maestro Mundo. No es más que
un escueto comunicado del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el
Instituto Nacional de Bellas Artes. Murió Edmundo Arreguín. Técnico iluminador.

No he tratado, jamás, persona más amable y dulce que el
maestro. Lo conocí en 1980, hace ya más de 25 años, cuando empecé a grabar
las funciones de ópera para el Canal 11 de televisión. Contábamos entonces
con tres unidades móviles.

Cada unidad móvil estaba constituida por un camión grandote
con tres cámaras, consolas de audio y video, micrófonos, lámparas, cables. A
la ópera, casi siempre le tocaba ir a la unidad Tláloc. Las otras dos también
tenían nombres en náhuatl: Tonatiuh y Coyolxauqui.

Mis primeras experiencias grabando óperas no fueron
fáciles. Recuerdo especialmente una Tosca, de Puccini, dirigida escénicamente
por el maestro Claudio Lenk. La cantaban Guillermina Higareda, Alfonso
Navarrete y Gustavo Escudero. La escena era muy oscura. El acto II,
particularmente. Sólo tres velas sobre la mesa donde despachaba y cenaba
Escarpia. "¡Si tres velas hay, tres velas se quedan!", sentenciaba
Lenk, pedante y pretencioso. "El público de la sala merece
respeto".

"También el que la verá por televisión", le
replicaba yo. Nada lo hizo cambiar de parecer. Aun subiendo lo más posible el
control de video, castigando las cámaras al máximo, no era suficiente la luz.
Sin embargo, oscura y todo, existe esa grabación histórica.

Mi lucha con los directores de escena, ya desde entonces,
para que iluminaran conforme a los requerimientos del medio audiovisual, fue
casi siempre "cuerpo a cuerpo". Grande fue mi necedad hasta lograr
que una función, casi siempre la del jueves, fuera iluminada. Elena Marsans
recuerda que fue ella la primera en decirle al maestro: "Mundo, hoy
viene la televisión con el latoso de Yrízar. Tendremos que cambiar la
luz".

Antonio López Mancera -gran escenógrafo también, difunto
ya- le dijo un día a Edmundo
Arreguín: "Dale a Yrízar la luz que necesite, pero que no le dé en la
torre a la función". Era la luz verde. A partir de entonces, contaríamos
con una función para televisión. Llegábamos con las cámaras al teatro y
teníamos una sesión especial para iluminar conforme nuestros requerimientos y
necesidades.

A veces estaban presentes los directores de escena,
supervisando ese trabajo. Luego de que se dieron cuenta de que éramos
respetuosos de su concepción dramática, nos dejaban trabajar sin su
presencia. Quien nunca faltó fue el maestro Edmundo Arreguín, mago de la luz.

No había problema que no resolviera. Conocía de memoria
todos y cada uno de los secretos de las luces del teatro. Se sabía todas las
lámparas, todos los circuitos, todas las posibilidades, y siempre tenía una
idea feliz para que la luz se hiciera. Fiat lux.

Todavía estuvimos con él en los ensayos de El murciélago,
de Strauss. Desde que se inauguró el teatro del Palacio de Bellas Artes, el
maestro Edmundo
Arreguín estuvo allí. Hasta ayer en la noche, en que fue velado en el foro.
Ya no pude acompañarlo. Todas las funciones de ópera tienen su luz. Quedaron
grabadas. Siempre le daba su crédito: Iluminación: Edmundo Arreguín.

Así aparece en muchísimos programas. Brille para él la luz
perpetua.